La crisis del feudalismo Cambios políticos Al principio de la Baja Edad Media, Europa Occidental se encontraba dividida en feudos de distintos tamaños. Los reyes, aunque oficialmente ocupaban la cúspide de la jerarquía de poder, no ejercían una autoridad unificadora sólida y las naciones no existían como entidades políticas, sino como grupos culturales. A finales de la misma Edad, existía una fuerte autoridad central en Inglaterra, España, Portugal y Francia. Estos países habían despojado a los señores feudales de su poder político. Guillermo el Conquistador instauró la primera gran monarquía europea tras subir al trono de Inglaterra en el año 1066. Con la victoria de Hastings, y luego de otros cinco años de luchas para sofocar los últimos bastiones rebeldes, tomó medidas para consolidar su poder. Una sexta parte de Inglaterra quedó como territorio de la Corona y dividió la mitad del país en feudos para sus vasallos directos: los barones normandos. Luego, cedió un cuarto de Inglaterra a la Iglesia. Y por último, los anglosajones se dividieron el territorio restante. Impuso un juramento de fidelidad a todos sus vasallos como máximo representante del dominio feudal. Se hizo dueño y señor de todos los castillos. Prohibió las guerras y estableció la moneda real como única divisa de uso legal. Todas estas fueron solo algunas de las primeras medidas que a la larga terminarían con el feudalismo, aunque no siempre fueron implementadas con éxito por los monarcas posteriores al inteligente y hábil Guillermo. En el siglo XII, Enrique II, rey de Inglaterra, instauró la cancillería y el fisco, que constituirían los inicios de la administración pública. La cancillería se ocupaba de las leyes y de las transacciones reales, en tanto que el fisco se encargaba de la distribución del Tesoro. Ninguno de estos dos cargos públicos era hereditario, facilitando así la sustitución de funcionarios no deseados. El personal de la nueva administración pública no recibía feudos, sino un salario, lo que los hacía dependientes directos del propio rey. En 1215, la nobleza feudal inglesa impuso al nada popular rey Juan sin Tierra la firma de la Carta Magna. Este documento constituía una limitación del poder real, ya que exigía que el rey estuviera sujeto a las leyes territoriales y otorgaba a los barones la facultad de tomar parte en las decisiones reales a través de un Gran Consejo. Siglos más tarde, la redacción de la Carta Magna daría pie a interpretaciones de gran trascendencia, entre ellas, el concepto de 'no hay impuestos sin representación'. Los barones tomaron el poder en 1264 como respuesta a la intención de un rey de ignorar la Carta Magna, con lo que el gobierno pasó temporalmente a manos del ya consolidado Gran Consejo, antecesor del Parlamento. El nuevo Parlamento no sólo incluía a los barones y a los altos mandos de la Iglesia, sino también a los representantes de ciudades importantes. Aunque este gobierno parlamentario fue de corta duración (15 meses), ya no se pudo ignorar ni callar al Parlamento. Desde entonces, únicamente el Parlamento tenía el poder de revocar leyes previamente aprobadas. Ya no se podían imponer impuestos sin su aprobación, y cuando los monarcas necesitaban dinero rápido (por ejemplo, durante la Guerra de los Cien Años), el Parlamento los obligaba a ceder parte de su poder a cambio de la aprobación del presupuesto. Independientemente de la habilidad del rey en turno y de algunas revueltas ocasionales de la nobleza, el Parlamento y la administración pública siguieron ganando importancia y demostraron su capacidad para gobernar el país. Mientras el rey, la administración pública y el Parlamento reducían desde arriba el poder de los barones, una tendencia en el mismo sentido surgía desde la base de la jerarquía feudal. Diversos factores llevaron a los siervos a liberarse de sus casi esclavizadores contratos con los señores feudales, entre los cuales destaca el aumento de la población en las ciudades, el cese de las incursiones bárbaras y una terrible plaga que asoló Europa durante el siglo XIV. La peste negra A mediados del siglo XIV, una plaga que sería conocida como 'la peste negra' asoló Europa con efectos devastadores. Se extendió por Occidente desde Asia Central, apareciendo en el área del mar Negro en 1346. Desde allí, se extendió hacia el suroeste, hasta el Mediterráneo, y avanzó rodeando las costas del Atlántico Norte hasta llegar al Báltico. Hacia 1348, ya afectaba a España y Portugal; para 1349, también la padecían Inglaterra e Irlanda; en 1351 fue el turno de Suecia; y hacia 1353, los estados bálticos y Rusia caerían ante su flagelo. Tan solo algunas zonas aisladas y poco pobladas se libraron de la peste. Según se estima actualmente, murió entre un tercio y la mitad de la población de Europa, Medio Oriente, Norte de África y la India. La peste negra era, muy probablemente, una variedad de la peste bubónica, una peligrosa infección bacteriana que sigue existiendo hoy en día. La bacteria se transmitía a través de la saliva de las pulgas que habían succionado sangre de ratas infectadas. Al morir las ratas, las pulgas saltaban a los humanos, y la bacteria se propagaba rápidamente por el torrente sanguíneo. Este padecimiento fue conocido como la peste negra debido a uno de sus más terribles síntomas: las dolorosas lesiones de aspecto negruzco que exudaban sangre y pus. Las víctimas caían presas de una fiebre elevada y comenzaban a delirar. La mayor parte de los afectados moría en un plazo de 48 horas pero, afortunadamente, una pequeña minoría lograba sobreponerse a la enfermedad y sobrevivir. La plaga arrasó con ciudades enteras. La subordinación del siervo al señor quedó en el olvido y más bien comenzó a valorarse a toda la gente capaz de cultivar o fabricar. Una vez controlada la epidemia, se aceleró la emigración a las ciudades.