Los georgianos Durante la Alta Edad Media, las regiones al sur de las montañas del Cáucaso estaban divididas entre numerosos reinos insignificantes que evitaban el dominio extranjero gracias a su aislamiento geográfico. Aunque el Imperio bizantino intentaba extender su influencia a estas comunidades, no obtuvieron avances duraderos. Sin embargo, la amenaza constante de la invasión extranjera dio lugar a un cambio gradual hacia la unificación. A principios del siglo XI, Bagrat III finalmente logró unir estos Estados y formó el reino de Georgia. A pesar de las tensiones previas, el joven reino georgiano y el Imperio bizantino se unieron con una causa común cuando los turcos selyúcidas comenzaron a invadir las regiones al sur del Cáucaso, amenazando ambos reinos. Aunque los bizantinos sufrieron una derrota catastrófica en Manzikert en 1071 y abandonaron muchas de sus posesiones orientales, el reino georgiano resistió; eso sí, sufrió graves daños a causa del constante saqueo de sus infraestructuras. Una pieza clave en estos conflictos fue el georgiano Gregorios Pakourianos, un oficial que se puso al servicio de los bizantinos y se convirtió en un comandante de alto rango que acabó al mando de la mayoría de provincias balcánicas del imperio. Georgia vivió un resurgimiento durante el siglo XII bajo el gobierno de David IV el Constructor, que, como su apodo indica, reformó la infraestructura de Georgia y restauró gran parte de su estabilidad política a la par que aumentó su poderío militar. Esta tendencia continuó con la primera reina de Georgia, Tamara (1160-1213), que elevó el poder del reino a nuevas cotas. El poder y la habilidad de Tamara fueron tales que, en los últimos años de su reinado, había convertido aquel pequeño reino amenazado por sus vecinos en un reino soberano a punto de participar en las futuras cruzadas. La Georgia medieval floreció en gran medida gracias al ingenio y la resistencia de su pueblo. La adaptación al entorno montañoso permitió a los georgianos crear una economía próspera y defendible que se asentaba en una de las muchas encrucijadas entre imperios. Sus fortificaciones formidables, desde castillos en las montañas hasta las torres esvanas, protegían el reino contra las incursiones hostiles, mientras que los ejércitos georgianos usaban el terreno a su favor para bloquear ataques enemigos y atacar con rapidez. Los ejércitos georgianos llevaban al frente a los monaspas, una fuerza de caballería de élite que servía directamente al rey o reina gobernante. Contaban con armaduras pesadas, se organizaban de forma meticulosa, estaban bien entrenados y eran capaces de aniquilar la vanguardia enemiga con una carga de choque devastadora. La edad dorada de Georgia terminó de forma abrupta en el siglo XIII, cuando las oleadas de mongoles invadieron las regiones que rodeaban las montañas del Cáucaso. No pudieron contener a los invasores y los georgianos quedaron reducidos a vasallos de los kanatos mongoles. Aunque el reino se recuperó brevemente de esta servidumbre bajo el control de Jorge V el Magnífico (1286-1346), continuaron las desgracias, pues la peste negra arrasó la mayor parte de Europa y Asia y se cobró millones de vidas. Décadas después, los ejércitos de Tamerlán invadieron Georgia en varias ocasiones, llevando a cabo campañas despreciables marcadas por la destrucción y matanza. El reino de Georgia entró en el siglo XV a duras penas, pero terminó por colapsar ante las invasiones turcomanas.