Las batallas navales Cuando los romanos lograron el control absoluto de las tierras cercanas al Mediterráneo, prácticamente se esfumó la necesidad de mantener navíos de guerra en esa zona. No existía ningún otro imperio con una flota capaz de enfrentarse a la suya, y la piratería ya era prácticamente inexistente. Pero tras la caída del Imperio Romano Occidental, surgieron nuevas civilizaciones de entre los restos del imperio y reapareció la piratería. Los barcos de guerra volvían a ser necesarios para defenderse de invasiones, incrementar el poderío militar y proteger las rutas marítimas de comercio. Los barcos bizantinos A principios de la Edad Media, los bizantinos eran la primera potencia naval del Mediterráneo. El poderío naval era crucial para su supervivencia y para controlar su inmenso imperio. Las defensas terrestres de Constantinopla eran excelentes y hacían que un asalto a la ciudad fuera casi imposible por tierra, pero necesitaban obligatoriamente mantener abierta la entrada de suministros por vía marítima para que fracasara un potencial asedio. Mientras la armada mantuviera los accesos abiertos por mar, Constantinopla se mantendría en pie. El principal buque de guerra bizantino de principios de la Edad Media era el dromen, descendiente de los antiguos barcos de guerra impulsados a remo, como el trirreme. Los dromen eran largos y estrechos, lo que los hacía veloces. Este barco con velas latinas se impulsaba a remo (entre 50 y 200 remeros) y tenía un mástil que dividía al navío por la mitad. Los dromen llevaban un pico en la proa para clavarlo en las naves enemigas antes de abordarlas. No solían tener arietes. En el centro, en la popa y en la proa se construían plataformas desde las cuales se disparaban arcos y catapultas contra los barcos enemigos y sus tripulaciones. En un combate típico, primero se intentaba golpear o incapacitar a los barcos enemigos para abordarlos y en seguida apresarlos. Los bizantinos utilizaban un arma muy efectiva llamada 'fuego griego'. Según se dice, era una mezcla de sustancias químicas que ardían violentamente al entrar en contacto con el aire. La rociaban con mangueras contra los barcos enemigos o la lanzaban por medio de bombas. Se trataba de un arma devastadora para los barcos de madera y resultó decisiva para los bizantinos en las batallas navales contra los árabes. El secreto del fuego griego era tan importante y estaba tan bien resguardado que se perdió con el tiempo, por lo que hoy en día desconocemos su composición. Los barcos mediterráneos Los barcos de guerra a remo, llamados galeras, siguieron siendo las principales embarcaciones de guerra de la zona mediterránea hasta finales de la Edad Media, al estar sus aguas relativamente protegidas contra fuertes vendavales. Durante esa etapa, las ciudades-estado italianas de Génova y Venecia empezaron a convertirse en potencias marítimas gracias a la creciente importancia de su comercio con Oriente. Los árabes también construyeron navíos para tomar parte en el comercio y así tener fuentes de suministros para mantenerse en pie durante el conflicto contra los bizantinos y otros cristianos. En el siglo XI, el inicio de las Cruzadas ocasionó la llegada a la zona de barcos del norte de Europa, cuya evolución había sido muy distinta. Los barcos europeos Las tribus germánicas que ocupaban el norte de Europa en el año 500 también diseñaron varios tipos de embarcaciones diferentes. El barco de comercio típico era ancho y de calada profunda. En un principio contaba solo con un mástil, pero le fueron añadiendo más al aumentar su tamaño. Las tribus del norte lo llamaban knarr. Contamos con bastante información acerca de este tipo de navío porque uno de ellos fue recuperado del fondo del mar en un puerto de Dinamarca, en los años 60. La mayoría de los trayectos comerciales y de exploración de los anglosajones y vikingos se llevaba a cabo en esta clase de embarcación. Más tarde evolucionó hasta convertirse en una urca, el barco mercante más importante de finales de la Edad Media. Este navío de calada profunda se diseñó pensando en una navegación fácil y una capacidad de carga considerable. En el norte de Europa, las batallas navales eran una continuación de los combates terrestres. En la proa y la popa de las urcas se construían torres de protección que servían como plataformas de tiro para los arqueros. Estos disparaban flechas con el objetivo de incapacitar a la tripulación y a los soldados enemigos. Los barcos se aproximaban e intentaban capturarse mutuamente en un enfrentamiento que podría calificarse de combate cuerpo a cuerpo. Las embarcaciones que surcaban estas aguas no tenían capacidad de hundir a otro navío. Hasta el siglo XIV, cuando hizo su aparición el cañón, no existía un arma capaz de dañar seriamente a los barcos, mucho menos de hundirlos. Un ejemplo sería la batalla naval de Sluys, en 1340, donde participaron unas 400 urcas inglesas y francesas con grandes contingentes de arqueros y soldados. La batalla consistió en aproximarse para poder disparar y luchar cuerpo a cuerpo. Los cañones principales se montaban en la proa o popa de los barcos. En los laterales se montaban cañones más pequeños que se utilizaban contra las tripulaciones enemigas. El buque inglés Cristóbal de la Torre, que data de 1406, fue el primer buque construido específicamente para llevar armas. Solo a finales de la Edad Media, los barcos empezaron a llevar en los laterales cañones que tenían la capacidad de perforar los cascos de las naves enemigas. Los vikingos usaban sus barcos más como medio de transporte que como navíos de guerra propiamente dichos. Los vikingos no solían luchar desde sus barcos, pero cuando tenían que hacerlo, unían los barcos para crear una plataforma donde combatir cuerpo a cuerpo. Sus barcos se impulsaban con remos hasta los siglos VIII o IX, cuando empezaron a incorporar velas. Aunque tienen apariencia frágil y de ser poco adecuados para travesías oceánicas, se han construido réplicas modernas de estos barcos y han demostrado su gran eficiencia en el mar. El impulso adicional que les daban las velas les permitió a los vikingos comenzar sus invasiones en tierras distantes durante el siglo IX. El curragh irlandés era un barco pequeño utilizado principalmente para el comercio y los viajes entre zonas costeras, pero también podía usarse para navegar por el océano. Este barco estaba construido con cueros de animales estirados sobre una moldura de madera. El cuero se sellaba con un aislante para conseguir impermeabilizarlo. Estos barcos, increíblemente ligeros, se propulsaban con una pequeña vela o a remo. Cuando hacía mal tiempo, el cuero de la cubierta podía cerrarse para que el agua no entrara en el barco, lo que hacía difícil que se hundiera. Los monjes irlandeses exploraron el Atlántico norte en estas embarcaciones y llegaron a Islandia mucho antes que los vikingos. De hecho, hay historias no comprobadas que afirman que incluso llegaron hasta el Nuevo Mundo. Las Cruzadas propiciaron la aparición de barcos nórdicos en el Mediterráneo y el contacto entre marineros y constructores del norte y el sur. Los sureños empezaron a adoptar las características de la urca, incluyendo el casco grande y la vela cuadrada. Los pueblos nórdicos aprendieron a usar la brújula, el timón en popa y la vela latina. Los barcos chinos A pesar de todos los avances en Europa, los mejores constructores de barcos de la Edad Media fueron los chinos. Su junk familiar era muy superior a todo lo que había existido en Occidente durante siglos. Contaban con una excelente combinación de espacio de carga, capacidad de navegación y poderío en el mar. En 1405, el almirante chino Cheng Ho formó una enorme armada de 25,000 hombres y exploró la mayor parte del sureste a través de los océanos Índico y Pacífico. Los gobernantes chinos desdeñaron tales hazañas y así, tristemente, los mejores barcos que existían en el mundo en esa época fueron sacados del mar y abandonados al olvido.