Los romanos Tras la muerte del emperador Teodosio I en el año 395, el Imperio romano se dividió en dos por última vez. Durante esta época, tanto Roma como el resto de Europa se enfrentaron a un sinfín de dificultades y cambios. Las décadas de inestabilidad interna y la guerra civil habían devastado el imperio por dentro, mientras que las migraciones de los hunos por el este desencadenaron una reacción en cadena que causó oleadas de emigrantes germánicos y alanos que convergieron en las fronteras romanas del Rin y del Danubio. En el año 395, a pesar de sus siglos de supremacía militar, Roma estaba mal preparada para enfrentarse a estas amenazas. Las fortificaciones fronterizas, antaño formidables, estaban en muy mal estado; las legiones ya no contaban con los mismos números, estaban mal pagadas y escasas de personal, y la tierra imperial, otrora próspera, había quedado devastada y necesitada de una reforma urgente. El ejército romano se vio obligado a cambiar su estrategia defensiva. Si bien llegó a ser capaz de defender todos sus territorios de forma constante, su nueva estrategia se basaba en proteger las fronteras con unas fuerzas simbólicas a la vez que confiaban en una reserva móvil de élite que respondería con celeridad ante cualquier amenaza que las atravesasen. Para colmo, muchos de los vecinos septentrionales de Roma ya se habían abierto paso a través de las fronteras y se habían establecido dentro del territorio romano a principios del siglo V, bien como asaltantes hostiles, bien como federados aliados, unos mercenarios a los que el Imperio proporcionaba tierras y dinero a cambio de sus servicios militares. Estos federados, que resultaban útiles en caso de apuros, comenzaron a suponer un problema a largo plazo. A menudo eran reacios a adaptarse a la cultura y a las leyes romanas, de modo que, en la práctica, se convertían en Estados independientes cuya fidelidad cambiaba a su antojo y resultaban una enorme carga para las finanzas de Roma. Los federados descontentos podían rebelarse. Los visigodos, por ejemplo, llegaron al extremo de saquear Roma en el año 410 y de apoderarse de gran parte de la Galia (la Francia moderna). A medida que avanzaba el siglo V, Roma se tuvo que enfrentar a una nueva amenaza: el Imperio huno, una confederación gigantesca de grupos étnicos germánicos, alanos y hunos que se había establecido en Panonia y Germania y que comenzó a atacar constantemente las fronteras romanas. Este enemigo alcanzó su apogeo con Atila, quien saqueó gran parte del Imperio occidental y el oriental antes de marchar por el norte de Italia y quedarse a las puertas de saquear Roma. Las fuentes contemporáneas atribuyen a León I, el papa del momento, la intervención con la que convenció a Atila de que retrocediese, aunque el hambre y la peste que asolaron sus ejércitos a medida que avanzaba la campaña fueron, sin ninguna duda, factores más determinantes que la amenaza de una retribución divina. Cuando Atila murió en el año 453, el Imperio huno se fragmentó y se resquebrajó el equilibrio de poder entre la confederación huna y Roma y sus pocos aliados germánicos. Los gobernantes ineficaces, el colapso de la economía y la disminución de los efectivos militares hicieron que el Imperio romano de Occidente, más difícil de defender y más pobre, no pudiera evitar que los grupos de invasores se hiciesen con el territorio imperial. Mientras los vándalos se apoderaban del granero del Imperio en el norte de África, los ambiciosos generales bárbaros flexionaban sus músculos en la corte imperial. Finalmente, el jefe germánico Odoacro derrocó al último emperador romano de Occidente en el año 476, poniendo fin así a la era del dominio romano en la región.