Los sicilianos Cuando el Imperio romano occidental sucumbió a la inestabilidad interna y a la presión de las amenazas externas en el siglo V d. C., perdió incluso su núcleo territorial; Italia y Sicilia cayeron sucesivamente, primero ante los vándalos y después ante los ostrogodos. Poco después, Justiniano (482-565), el emperador del Imperio bizantino, emprendió una serie de campañas para reconquistar el territorio perdido, dirigidas principalmente por sus generales Belisario y Narses. El conflicto resultante, conocido como la guerra gótica (535-554), concluyó con una victoria bizantina, pero devastó irremediablemente la mayor parte de Italia. Poco después de la muerte de Justiniano, los lombardos entraron con virulencia en Italia y se apoderaron de la mayor parte de la península, aunque los bizantinos pudieron conservar Sicilia y la parte sur de Italia. Estas regiones permanecieron en manos bizantinas durante los siglos posteriores, pero seguían estando constantemente amenazadas por invasiones e incursiones piratas desde el sur a medida que los califatos islámicos ampliaban sus esferas de influencia por todo el norte de África y el Mediterráneo. La conquista de pleno derecho se consumó durante el siglo IX, de una forma más continua en Sicilia que en el resto de Italia. En Apulia, el emirato de Bari fue recuperado por las fuerzas carolingias y bizantinas en 871, aunque varias bahías de toda la región todavía llevan el nombre de Covo dei Saracini, «Cala de los sarracenos», un testimonio de su legado y de la continua actividad pirata. En 965, Sicilia estaba enteramente en manos de emires islámicos. Las reformas económicas y la administración estable y pacífica bajo el dominio islámico la condujeron a un período de prosperidad, pero el expansionismo bizantino de principios del siglo XI provocó un nuevo conflicto con los lombardos en Italia y los emires islámicos en Sicilia. El vacío de poder resultante atrajo a un nuevo invasor: los normandos. Originalmente reclutados en la región como mercenarios, estos intrépidos aventureros y temibles guerreros vieron en Italia una oportunidad de oro para labrarse un futuro más prometedor y rentable de lo que podrían encontrar como nobles menores o caballeros sin tierra en Normandía. Dos familias normandas en particular, los Drengot y los Hauteville, emigraron y se establecieron en Italia paulatinamente. Uno de esos hombres, Roberto de Hauteville (1015-1085), conocido como Guiscardo el Zorro por sus coetáneos, llegó a Italia a la cabeza de un pequeño séquito en torno al 1047 y en 1059 ya gobernaba como duque en gran parte de Apulia y Calabria. Poco después, él y su hermano Roger Bosso iniciaron una campaña para conquistar Sicilia. Roberto era un guerrero astuto y Roger era un estadista igualmente astuto capaz de lidiar con cualquier tipo de situación política y administrativa. Roger no tardó en conquistar Sicilia, mientras que Guiscardo se encargó de varias campañas contra los bizantinos en Italia y Grecia, que le permitieron tomar Bari en 1071 y acabar con un regimiento de los bizantinos cerca de Dirraquio junto con su esposa Sichelgaita y su hijo Bohemundo de Tarento en 1081. Mientras los caballeros europeos y sus convoyes marchaban en tropel hacia oriente tras la llamada del papa Urbano II a la Cruzada, Bohemundo y su sobrino Tancredo prestaron juramento y se unieron a los cruzados. Después de orquestar con éxito la captura y posterior defensa de Antioquía ante los turcos selyúcidas, Bohemundo se estableció como gobernante de la ciudad; por otra parte, Tancredo continuó hacia Jerusalén. La mayoría de los cruzados eran ostensiblemente violentos y crueles, pero Tancredo se ganó una reputación de guerrero hábil y noble que se esforzaba por impedir la matanza de civiles inocentes y otros no combatientes durante la rápida conquista de Jerusalén, Palestina y partes de Siria por parte de los cruzados. Los italonormandos, nombre por el que son conocidos ahora los conquistadores y gobernantes de la Italia y Sicilia normandas, tuvieron éxito en el campo de batalla gracias a su temible temperamento, sólida tradición militar, gran interés por la estrategia y por ser fervorosos y escurridizos. En este sentido, se parecían más a sus antepasados vikingos y francos, pero al establecerse en Italia y Sicilia adoptaron las costumbres culturales locales y las normas de gobierno. Este sincretismo, combinado con un trato cada vez más tolerante de las poblaciones locales y los grupos religiosos, creó una cultura única y vibrante y sentó las bases para un estado próspero. Los italonormandos también fueron unos constructores fantásticos que aseguraron sus tierras con formidables torreones y edificaron lujosos palacios e imponentes catedrales. Ningún gobernante ejemplificó mejor esta combinación de cualidades y experiencia que Roger II de Sicilia (1095-1154), quien se enfrentó a rebeliones internas e invasiones externas, y además unió a toda la Italia normanda y Sicilia bajo una sola corona, con lo que transformó su reino en una potencia económica. Gracias a los nombramientos de cortesanos y funcionarios de diversos orígenes y al mecenazgo del arte y la cultura continental, griega y árabe, Roger creó un estado verdaderamente cosmopolita. Pese a ello, la mala gestión del reino por parte de sus sucesores provocó su incorporación a las esferas de influencia de alemanes, francos, españoles y bizantinos, lo cual lo debilitó aún más hasta su desaparición.