La organización de los ejércitos En comparación con los grandes ejércitos nacionales de épocas más modernas, la organización de los ejércitos feudales era sencilla. Hasta finales de la Edad Media, no había regimientos, divisiones o cuerpos permanentes. Cuando se convocaba a un ejército feudal, cada vasallo viajaba hasta el lugar de encuentro con los caballeros, arqueros e infantería que habían enviado las solicitudes. Una vez en el punto de encuentro, los contingentes eran reagrupados según su papel. Los caballeros y sus escuderos marchaban juntos, al igual que los arqueros y la infantería. Las unidades especiales, como los ingenieros y la artillería de asedio, solían ser profesionales contratados para la campaña. Por ejemplo, la artillería que emplearon los turcos contra Constantinopla fue manejada por mercenarios cristianos. A finales de la Edad Media, ser soldado mercenario era una profesión respetable. Los guerreros emprendedores formaban compañías de mercenarios que permitían a un señor rico o a una ciudad la contratación de tropas ya listas y formadas para el combate. Algunas de estas compañías estaban especializadas en un tipo de lucha específico. Por ejemplo, en el año 1346, 2,000 ballesteros genoveses lucharon al servicio del ejército francés en la batalla de Crécy. Otras compañías de mercenarios incorporaban contingentes de todas las clases. A menudo se les describía en términos del número de lanzas del que disponían. Cada lanza equivalía a un caballero armado, más las correspondientes tropas de caballería, infantería y artillería. De este modo, una compañía de 100 lanzas representaba varios cientos de hombres armados. Este sistema dio origen al término "freelance", algo así como "lanza libre" o "lanza por contrato", que actualmente se utiliza para describir a emprendedores y trabajadores independientes. En el ejército medieval, la jerarquía de mando era mínima. Pocas maniobras se planeaban de antemano, por lo que había escasa provisión de personal para apoyar a los altos mandos y transmitir órdenes. En 1439, Carlos VII de Francia instauró las Compañías Reales de Ordenanza. Estas compañías estaban formadas por caballeros o soldados de infantería, y se les pagaba con dinero recolectado de los impuestos. Cada compañía tenía una dotación de hombres deerminada. Normalmente, era el propio rey quien escogía su armadura y las armas correspondientes. Este fue el inicio de los modernos ejércitos permanentes de Occidente. Las provisiones Los suministros de medicamentos y comida eran escasos. Los ejércitos medievales vivían directamente de las tierras que ocupaban o que atravesaban, en detrimento de sus pobladores. La llegada de un ejército aliado no era mejor que la de uno enemigo. Los ejércitos medievales no solían permanecer por mucho tiempo en una misma zona, al agotarse pronto el suministro local de comida y forraje. Esto suponía un problema especialmente durante los asedios. Si el ejército sitiador no se organizaba para recibir comida y suministros durante el asedio, podía verse obligado a retirarse para no morir de hambre mucho antes de que los sitiados se vieran obligados a rendirse. La salubridad también era un problema cuando las tropas permanecían apostadas en una misma zona. Un ejército medieval transportaba muchos animales además de las monturas de los caballeros. En semejantes condiciones, las aguas residuales provocaban disentería. A veces, los ejércitos feudales terminaban consumidos por la enfermedad y las deserciones. Durante su campaña en Francia, Enrique V de Inglaterra perdió alrededor del 15 por ciento de su ejército en el asedio de Harfleur a causa de las enfermedades, y las bajas aumentaron durante su marcha hasta Agincourt. En la batalla en sí, solo perdió el 5 por ciento de sus hombres. El mismo Enrique V murió en otro asedio, debido a una enfermedad causada por las malas condiciones sanitarias. El despliegue para la batalla La mayoría de las batallas tenían una estructura fija en la que las dos facciones se organizaban en el campo de batalla antes de empezar la lucha. Las campañas de maniobras y los acuerdos para el encuentro eran poco frecuentes. Antes de la batalla, los altos mandos dividían sus tropas en contingentes con tareas específicas. La primera separación podía ser en infantería, arqueros y caballería. Estos grupos podían subdividirse en otros a los que se encomendaban misiones individuales o que debían permanecer en la reserva. Por ejemplo, un comandante podía organizar varios "batallones" o "divisiones" de caballeros para que se lanzaran a la carga de forma individual o para tenerlos como reservas. Los arqueros podían desplegarse a la cabeza del ejército con el apoyo de bloques de infantería. Una vez organizado el ejército, las únicas decisiones importantes eran cuándo ordenar el ataque a las distintos divisiones. Comenzada la batalla, había pocas previsiones para la retirarse, reagruparse o reorganizarse. Por ejemplo, un batallón de caballeros rara vez podía usarse en más de una ocasión. Una vez desplegados para determinada tarea, normalmente se ordenaba su retirada o se les enviaban refuerzos. Una carga de toda la caballería pesada causaba tal confusión, pérdida de equipamiento y bajas de caballos, que las tropas se quedaba prácticamente sin fuerzas. En la batalla de Hastings, los caballeros normandos fueron reagrupados para nuevas cargas, pero no lanzaron un ataque simultáneo porque no fueron capaces de romper el muro de escudos sajones. Los altos mandos disponían del terreno para su ventaja y enviaban misiones de reconocimiento para evaluar los puntos débiles y fuertes del enemigo. El pago de los rescates La máxima recompensa por el triunfo en una batalla era la concesión de honores y feudos. La más común consistía en vender el botín obtenido durante el saqueo de cuerpos, ciudades y castillos, como armas y armaduras de los rivales muertos. Otra recompensa se conseguía mediante el cobro del rescate de prisioneros de alto rango. Se esperaba que los caballeros pagaran un rescate a cambio de sus vidas. Uno de los rescates más caros de los que se tiene constancia fue por una suma equivalente a más de 20 millones de dólares de nuestros días, que se pagó a un príncipe alemán a cambio de la libertad de Ricardo I de Inglaterra, a quien habían capturado durante su regreso de las Cruzadas. En Agincourt, la retaguardia inglesa tenía presos a numerosos caballeros franceses con el fin de pedir el pago de su rescate. Durante la batalla, un contingente francés asaltó la retaguardia inglesa, provocando pánico entre los hombres de Enrique V. Este ordenó la ejecución de los prisioneros para así evitar su liberación, con lo cual perdió una fortuna en rescates que hubiera podido cobrar. La captura de los caballeros era registrada por los heraldos, que apuntaban qué soldados eran responsables de su captura y, por lo tanto, quiénes debían recibir el pago del rescate. Luego, notificaban a los familiares de los prisioneros, dándoles las instrucciones para realizar el pago del rescate a fin de liberar a los rehenes. La popularidad que cobraron los rescates podría parecer una costumbre, hasta cierto punto, civilizada, pero encubre el aspecto más siniestro de esta historia. Los prisioneros de bajo rango podían ser asesinados al momento, para evitar las molestias derivadas de su vigilancia y alimentación.