Los invasores bárbaros Alrededor del año 200 d.C., pueblos nómadas de las verdes estepas de Asia Central comenzaron a emigrar hacia China, India, Persia y Europa. No se comprenden a ciencia cierta las razones por las cuales se produjeron estas migraciones, pero sí se sabe que los hunos constituían el grupo más numeroso de esos pueblos nómadas. Su corta estatura y sus pequeños ponis contrastaban con su implacable crueldad y fiereza. Aterrorizaban a cuanto pueblo encontraban a su paso, causando una especie de efecto dominó. Por ejemplo, en su avance hacia el oeste, los hunos desplazaron a los godos que vivían al noroeste del mar Negro y los obligaron a trasladarse hacia el sur. Incluso cruzaron el Danubio y llegaron a los Balcanes, que entonces se hallaban bajo el dominio del Imperio Romano Oriental. Otros hunos se movilizaron hacia las llanuras germánicas, induciendo a otros pueblos de esas tierras a cruzar el Rin. Por aquella época, el Imperio Romano Occidental ya se encontraba debilitado por las incursiones esporádicas que venían del otro el Rin y el Danubio. Los pueblos germánicos, con una población cada vez más numerosa, codiciaban las escasamente pobladas tierras de la Galia y los beneficios de formar parte del Imperio Romano. Hacia el año 400, entre el 30 y 50 por ciento del ejército romano estaba integrado por mercenarios germanos. Debido a lo desesperado de su situación, el ejército romano comenzó a enlistar grupos de bárbaros como unidades independientes destinadas a defender el Imperio contra otros agresores. Esta práctica adquirió especial popularidad durante las guerras civiles del siglo IV, cuando los aspirantes al trono de Roma necesitaban reclutar tropas con rapidez. Las unidades bárbaras no sentían la lealtad ni tenían la disciplina de las legiones, y además, tenían sus propios líderes. Toda esta combinación de factores terminó por estallar en contra del Imperio cuando ejércitos enteros de bárbaros se sublevaron contra Roma. Las fronteras del Rin y el Danubio se disolvieron y los pueblos germánicos entraron en la Galia, los Balcanes e incluso el territorio que hoy en día es Italia. La lucha se volvió casi incesante a lo largo de una frontera cada vez más difuminada, y el número de tropas romanas leales a Roma disminuía constantemente. En el año 410, las últimas legiones que quedaban en las Islas Británicas fueron retiradas y trasladadas a la Galia, abandonando aquella provincia insular para siempre. Los saqueos de los sajones incrementaron en frecuencia y gravedad, hasta convertirse en verdaderas invasiones. Los jutos, frisios, anglos y otros pueblos germánicos de la costa norte de lo que hoy es Alemania se unieron a los sajones. Juntos, arrasaron con la cultura británico-romana y se adueñaron del territorio que actualmente conocemos como Inglaterra ('Tierra de los anglos'). El Imperio Romano Oriental quedó debilitado tras la pérdida de la mayor parte de los Balcanes, pero fue capaz de sobornar o repeler a los bárbaros antes de que pudieran atacar Constantinopla. En esta zona, los invasores eran los godos, que se habían vuelto mucho más civilizados que los pueblos germánicos del Rin gracias a su contacto con el Imperio Romano Oriental. Además, los godos habían llegado principalmente como colonizadores y no como conquistadores. Durante el siglo V, Roma se vio aquejada por innumerables saqueos, a tal grado, que el Imperio Romano Occidental dejó de existir como tal. El territorio de la actual Italia se vio invadido y asolado en repetidas ocasiones, y el último emperador romano reconocido oficialmente fue asesinado en el año 476. Los pueblos germánicos ocuparon entonces Italia y el antiguo Imperio Romano. A pesar del deseo general de los bárbaros por preservar la estabilidad y el orden de la civilización romana, únicamente sobrevivieron unos cuantos vestigios de ella, luego de la devastación y el caos que provocaron tantas invasiones. Así, pues, la mayor parte de Europa retrocedió a un periodo mucho más bárbaro y primitivo.