Los búlgaros Corría el siglo IV d. C., y el Imperio romano demostraba serios problemas para mantener el control de sus extensos territorios. Tan solo en los Balcanes, varios grupos aprovechaban la situación para llevar a cabo una serie de saqueos. Algunos eran actos esporádicos de simples oportunistas, pero otros, perpetrados por dos facciones en particular, adquirieron carácter sistemático y permanente. A partir del siglo VI, esas tribus eslavas comenzaron a colonizar grandes partes de lo que hoy es Bulgaria. Pese a su cultura en común, no formaron ningún tipo de estado en la región para unificarla. Ese hito recién llegaría con los protobúlgaros, una tribu de jinetes seminómadas procedentes de Asia Central. En conjunto con los anteriores, estos nuevos habitantes le darían forma al pueblo búlgaro y fundarían dos poderosos imperios en la península balcánica medieval. Hacia el año 670 d.C., Asparukh, hijo de un khan protobúlgaro caído, condujo a sus tribus hasta el delta del Danubio en busca de nuevas tierras de pastoreo. Durante los años siguientes, unió bajo su autoridad a los colonos eslavos que encontró en la región. No obstante, el Imperio bizantino continuaba reclamando esos territorios como propios, como sucesores del Imperio Romano. En sus esfuerzos por recuperarlos, el emperador Constantino IV lanzó varias campañas, encontrando siempre una férrea resistencia, pues aquellos 'invasores' hacían gala de lo mejor de dos mundos: los eslavos aportaban un gran número de soldados de infantería ligera, mientras que los protobúlgaros desplegaban cuerpos de caballería completamente acorazada. Además, ambas fuerzas estaban equipadas con una amplia variedad de armas. A lo largo de casi toda la Edad Media, esa caballería pesada se mantendría como la columna vertebral del ejército búlgaro y una de las fuerzas más temidas de Europa. Tras varias derrotas, Constantino IV se vio obligado a abandonar oficialmente las aspiraciones bizantinas de recuperar los territorios al norte de los montes Balcanes, lo que marcó el nacimiento del Primer Imperio Búlgaro (681 a 1018). Durante los primeros años, el futuro de este estado era todo menos seguro: por una parte, debía hacer frente a los continuos intentos de los bizantinos por reconquistar aquella región. Y por otra parte, a nivel interno, padecían serias divisiones entre la aristocracia protobúlgara y la población eslava, incluso a pesar del desarrollo de una lengua común: el búlgaro antiguo. Los cimientos para la construcción de una identidad unificada llegarían recién en el siglo IX, bajo el gobierno de Boris I (852 a 889). Él adoptó el cristianismo como religión para todo el estado, dándole a los grupos étnicos tan diversos un verdadero marco de identidad compartida. De igual forma, con la fundación de la Escuela Literaria de Pliska-Preslav, propició la creación del alfabético cirílico, lo cual facilitó la producción y difusión de textos en el idioma nacional. El Primer Imperio Búlgaro gozó de una época de oro durante el reinado del hijo de Boris, Simeón el Grande (893 a 927). Luego de una serie de campañas exitosas contra los bizantinos y los magiares, Simeón expandió el imperio hasta su máxima extensión histórica, pasando a controlar prácticamente toda la península balcánica. Las artes y la literatura florecieron y Bulgaria se convirtió en el principal núcleo cultural de la Europa eslava. Incluso, el búlgaro antiguo desplazó al griego como lengua franca. La riqueza necesaria para sustentar todos los avances culturales y militares provenía sobre todo del comercio, gracias a la ubicación geográfica privilegiada que les brindó estar situados entre los bizantinos y las Rus. Así, Bulgaria fungía en la región como centro casi obligado de intercambio de metales preciosos, caballos y esclavos. Pero aunque la intensa actividad comercial impulsó uno de los niveles de urbanización más altos de toda Europa, la mayoría de los búlgaros aún se ganaban la vida con actividades agrícolas y ganaderas. Más tarde, el imperio entró en decadencia tras la muerte de Simeón. Bulgaria finalmente fue conquistada por el ejército bizantino en 1018, como consecuencia del debilitamiento sufrido a raíz de las interminables guerras. A pesar de las reformas impulsadas por los nuevos gobernantes, los búlgaros nunca dejaron de sentirse culturalmente muy distintos a los bizantinos, y cada vez que estos exigían el pago de impuestos más y más elevados, ese sentido de identidad logrado tras tantos esfuerzos tomaba protagonismo, convirtiendo el malestar social y las protestas sociales en levantamientos armados. Fue así que, en 1185, la sublevación encabezada por los hermanos aristócratas Asen y Pedro logró el objetivo de expulsar a los bizantinos. A continuación se estableció el Segundo Imperio Búlgaro (1186 a 1396), que al poco tiempo, bajo el mandato del zar Iván Asen II (1218 a 1241), se convirtió nuevamente en una potencia de la región. Junto con la arquitectura, una vez más florecerían las artes y la literatura, devolviendo a Bulgaria el estatus de núcleo cultural de la Europa eslava, al menos hasta el siglo XIV. No obstante, en el ámbito político, este renovado imperio nunca lograría igualar el esplendor de su predecesor. Y después de Iván II, al imperio lo aquejaban, por un lado, la amenaza constante de sus vecinos, y por el otro, conflictos internos e insurrecciones, como la rebelión del campesino Ivailo, en 1277. Los días de independencia búlgara terminarían en 1396, por obra de una superpotencia en gestación: los otomanos pasarían a dominar la región de los Balcanes durante los siguientes quinientos años.