Los Borgoñones Hacia finales del siglo V d.C., el vasto Imperio Romano fue incapaz de evitar la irrupción de tribus germánicas hostiles en su territorio. Uno de esos grupos, los Borgoñones, cruzó el Rin hasta la Galia y se estableció como federaciones romanas en 411. Sin embargo, la paz no duró mucho, y alrededor del 437, los romanos usaron mercenarios hunos contra sus antiguos aliados. Muchos Borgoñones y su rey, Gundahario, fueron masacrados en un acontecimiento inmortalizado en obras épicas germánicas, como la Edda poética, la Saga Völsunga y el Cantar de los Nibelungos. El siglo siguiente fue tumultuoso. A medida que el imperio huno y el imperio romano de Occidente cayeron en ruinas, los Borgoñones sobrevivientes esculpieron otro reino a lo largo de la parte superior del río Ródano. Esta administración alcanzó su prominencia bajo el mandato de Gundebaldo (452-516), un cristiano devoto, famoso por promulgar una ley que reconciliaba las normas tribales germánicas con los conceptos legales romanos. Los hijos de Gundebaldo, sin embargo, no pudieron repeler los ataques de sus agresivos vecinos merovingios y el reino fue invadido por los francos en 534. Con el colapso del Imperio Carolingio en el siglo IX, la autoridad central dio paso a los magnates locales, que gobernaban en gran medida administraciones independientes, a pesar de que, oficialmente, estuvieran bajo la autoridad del rey. Uno de ellos, el duque Ricardo el Justiciero (858-921), logró concentrar tanto poder, que su hijo Rodolfo fue elegido rey de Francia en 923. Cuando los reyes capetos iniciaron una poderosa dinastía de gobernantes en Francia, el Ducado de Borgoña mantuvo una posición de poder y prominencia a pesar de su subordinación. Durante los siguientes siglos, los duques de Borgoña se esforzaron por engrandecerse tanto como fuera posible, a través de una diplomacia astuta y una buena gestión de sus dominios. Una ferviente cultura monástica prosperó bajo el patrocinio de Borgoña, y muchos de estos monasterios se convirtieron en centros de aprendizaje y viticultura, una tradición que todavía se mantiene vigente en aquella región hasta nuestros días. Como encrucijada entre los estados medievales de lo que hoy es Francia, España, Italia y Alemania, Borgoña disfrutó de una posición poderosa en el comercio interregional. El Ducado de Borgoña alcanzó su gloria durante los siglos XIV y XV, en las manos de unos duques poderosos conocidos como la Casa de Valois-Borgoña. A través del matrimonio, el duque Felipe el Valiente (1342-1404) logró influir en Flandes, una región famosa por sus lucrativas actividades marítimas y el comercio de lana y textiles, pero problemática debido a las tendencias independentistas de sus ciudades. El hijo de Felipe, Juan Sin Miedo (1371-1419), expandió violentamente la influencia de Borgoña en los Países Bajos, pero principalmente se ocupó de una sangrienta guerra civil contra los Armagnac (o Armañac), una facción de duques franceses que competían con Borgoña por la influencia de la corte real francesa. El conflicto culminó cuando Juan tomó París, pero fue asesinado por sus rivales inmediatamente después. En ese momento, la Guerra de los Cien Años estaba en pleno apogeo y los ingleses amenazaban la soberanía francesa, reclamando la corona. En respuesta al asesinato de Juan, su sucesor, Felipe el Bueno (1396-1467), hizo lo impensable y se alió con los ingleses mientras expandía en gran medida su control sobre varios condados y ducados en los Países Bajos. Como duque, Felipe era conocido como un diplomático astuto, un expansionista militar eficaz y un gobernante oportunista y carismático que combinaba la destreza marcial y política con el patrocinio cultural y el crecimiento económico. La riqueza de Borgoña alcanzó la opulencia, y la pasión de Felipe por el arte extranjero, particularmente el flamenco e italiano, así como por otros lujos, tuvo una influencia considerable en los tribunales europeos. Felipe también capturó a la heroína francesa Juana de Arco y la vendió a los ingleses en 1430. Posteriormente, en 1435, renegó de su alianza con los ingleses y los traicionó para apoyar al rey francés. El ejército de Borgoña gozó de un gran éxito durante este período debido a su disposición a emplear tecnología y tácticas de vanguardia. Los duques de Borgoña utilizaron artillería y armas de fuego tempranas para volverse más mortales, y sus ejércitos también estaban compuestos principalmente por fuerzas profesionales. Los séquitos armados móviles de caballeros, incluyendo a los cuchilleros (la versátil caballería mediana que apoyaba a los caballeros montados) formaron un complemento mortal para el resto del ejército. Estas poderosas fuerzas sembraron ilusiones de realeza en el sucesor de Felipe, Carlos el Temerario (1433-1477), cuya naturaleza beligerante amenazaba a todos sus vecinos. Sin embargo, una invasión fallida de la Confederación Suiza culminó con su muerte en 1477, sin un heredero masculino. Después de su fallecimiento, Borgoña se dividió entre la corona francesa, que reclamó sus tierras, y el emperador Maximiliano de Habsburgo, del Sacro Imperio Romano Germánico, que se casó con la hija de Felipe, María.