Los polacos La evidencia arqueológica y los restos de la tradición oral que se han hallado en la región apuntan a que la actual Polonia fue hogar de pueblos germánicos durante buena parte de los siglos IV a VI d.C., un periodo conocido por sus migraciones. Para el siglo VI, estos pueblos habían migrado hacia el oeste y hacia el sur y se asentaron nuevas tribus en la región. En el noreste se establecieron grupos poco numerosos de hablantes de lenguas bálticas, mientras que el resto de la zona pasó a manos de distintos hablantes de lenguas lequíticas, una rama de las lenguas eslavas occidentales. Existe poca evidencia no arqueológica relativa a los sucesos de los siglos siguientes, pero el material disponible sugiere que los asentamientos, los centros de comercio y artesanías y las comunidades fortificadas continuaron creciendo. Esto, a su vez, podría indicar la intensificación de la competencia por el territorio y la consolidación del poder político. Los conflictos bélicos se hicieron más evidentes durante los siglos VIII y IX, época durante la cual la región padecía la constante amenaza de los invasores y saqueadores ávaros y moravos. Aproximadamente en el siglo X, los Magiares entraron como estampida en Europa Central, desplomando el equilibrio de poder y varios estados de la región. La religión cristiana había comenzado a ganar influencia en la zona, proveniente del oeste y del sur, mientras los Carolingios y los Bizantinos competían por hacerse de adeptos entre los habitantes locales. Las incursiones magiares interrumpieron la comunicación entre Bizancio y Europa Central, lo que permitió que la rama católica latina ganara fuerza y lograra estrechar lazos incipientes entre los nuevos conversos y sus vecinos occidentales. En las décadas siguientes, los duques de la dinastía de los Piastas se consolidaron en el poder y formaron un estado Polaco temprano. Bajo el reinado de Miecislao I (c. 930-992), el estado pasó por un proceso de conversión al cristianismo, movimiento impulsado por Dobrawa, la esposa de Miecislao. Se expandieron las fronteras y se reforzaron las relaciones con las potencias vecinas, en particular Bohemia y el Sacro Imperio Romano Germánico. En 1025, el hijo de Miecislao, Boleslao el Bravo (967-1025), quien ya era famoso por sus exitosas campañas contra el Imperio Romano Germánico y la Rus de Kiev, fue coronado rey poco antes de morir. Polonia continuó creciendo y expandiéndose durante un siglo aproximadamente, bajo la corona de los sucesores de Boleslao. Durante esa época, el reino copió la estructura feudal que practicaban sus vecinos occidentales, la cual se basaba principalmente en la agricultura, una actividad relativamente sencilla en una tierra tan fértil. Sin embargo, esta etapa de prosperidad se vio cortada abruptamente cuando Boleslao III el Bocatorcida dividió el reino entre sus hijos en 1138, lo cual desencadenó una tendencia muy marcada hacia el localismo y la división, problema que aquejaría a Polonia por décadas. A principios del siglo XIII, dos acontecimientos más se sumarían al desastre que ya plagaba todo el reino. Primero, un duque local reclutó a la Orden Teutónica en una guerra contra los paganos de Prusia, estableciendo su presencia en la región del Báltico. Y, en segundo lugar, las hordas mongolas se abalanzaron sobre Europa Central durante 1240 y 1241, arrasando con mucha de la infraestructura local y matando a miles de personas. No fue hasta inicios del siglo XIV que los reyes polacos reclamaron la soberanía de los territorios que sus ancestros habían gobernado. Pero ahora enfrentaban a un nuevo y formidable rival, la Orden Teutónica, que buscaba expandirse hacia Pomerania. Llovían conflictos por todas partes, ya que la Orden no solo deseaba los territorios vecinos, sino que reprochaba la política de tolerancia religiosa que practicaba la monarquía polaca. En comparación con sus vecinos occidentales, Polonia era bastante progresista con respecto a los derechos de las minorías religiosas, especialmente los judíos. También fue un reino poco afectado por la peste bubónica que plagó Europa entre 1346 y 1353, en buena medida gracias a la cuarentena estricta que impuso Casimiro III el Grande (1310-1370), un rey que también fue célebre por su capacidad como administrador, su promoción de la educación y su destacado liderazgo militar. En 1384, heredó el trono la primera reina de Polonia, Eduviges (1373-1399). A pesar de su corta edad, probó ser una gran estratega política y administrativa que supo ganarse el cariño del pueblo. También supo lograr una alianza política importante a través de su matrimonio con el poderoso duque pagano de Lituania, Jogaila, y por extensión, forjó una alianza con el primo de su marido, Vytautas. Jogaila se convirtió al cristianismo y adoptó el nombre de Vladislao II Jagellón, quien, tras la muerte prematura de Eduviges, reinó con éxito durante tres décadas más. Uno de sus actos más famosos fue acabar con el poder de la Orden Teutónica en Grunwald, en 1410. Los territorios que la reina Eduviges unificó llegarían a constituir la República de las Dos Naciones , un estado conjunto poderoso que dominó gran parte de Europa Central y Oriental durante varios siglos. Una serie de factores contribuyeron al crecimiento sin precedentes que Polonia vivió en los últimos siglos de la Edad Media. Las técnicas agrícolas innovadoras de la región potenciaron la productividad y las exportaciones, lo que trajo al reino un flujo masivo de riquezas. Esto, a su vez, impulsó el poder de la nobleza y fortaleció el estado a nivel local y central. Además, la política de tolerancia religiosa fomentó una estabilidad interna que no se veía en el resto de Europa, donde los conflictos bélicos religiosos devastaban pueblos a diestra y siniestra. Como resultado, la República de las Dos Naciones se convirtió en una potencia muy fuerte en Europa Central y Oriental, incluso llegando a pelear al lado de Hungría en la resistencia contra la expansión otomana durante finales de la Edad Media y principios de la Edad Moderna.