Los tártaros El significado de 'tártaro' fue evolucionando a lo largo de la historia para acabar englobando diversos pueblos de lenguas túrquicas y mongolas, originarios de las estepas de Eurasia y sus alrededores. El etnónimo se utilizó por primera vez para referirse a una confederación de tribus nómadas ya asentadas en el noreste de Mongolia hacia el año 400, y que a partir del siglo XI, se verían envueltas en una férrea rivalidad con los mongoles. La confederación fue derrotada por estos últimos durante el reinado de Genghis Khan (1206 a 1227), quien en pocos años forjaría uno de los imperios más extensos de la historia. Fue entonces que, quizá por extensión, las Rus y los europeos comenzarían a llamarle tártaro a un gran heterogéneo de individuos cuyo principal rasgo común era haber sido subyugados por los mongoles. Tras la muerte del Gran Khan y como respuesta a un posible vacío de poder, los grupos tártaros herederos fundaron varios estados, en un esfuerzo por suceder al imperio mongol. Si bien ninguno llegaría a ser tan extenso como el original, algunas de las divisiones políticas que surgieron como consecuencia se convertirían en poderosos imperios. Al fragmentarse el imperio mongol en cuatro estados, comenzó a identificarse principalmente como tártaros a aquellos grupos que quedaron a cargo de los territorios del noroeste, conocidos como la Horda Dorada (1227 a 1502). Durante el mandato de Batú Khan (1227 a 1255), los tártaros continuaron expandiéndose hacia occidente, llegando a conquistar Cumania, Bulgaria del Volga, la Rus de Kiev y prácticamente todo el este de Europa. Para mantener semejante territorio bajo un control eficaz, se valían de la gran capacidad de movilización de su caballería ligera. Además, los resistentes equinos mongoles también les permitían sostener campañas en las gélidas estepas rusas. Aunque los tártaros preferían hacer salir al enemigo para enfrentarlo en campo abierto, también solían contratar ingenieros chinos para construir armas de asedio a la hora de tomar ciudades por asalto. La cultura tártara experimentó un proceso gradual de turquización a medida que fueron conquistando y asimilando a muchas tribus túrquicas. Pero la Horda Dorada comenzó a desarrollar su marcado carácter islámico recién durante el reinado de Uzbeg Khan (1313 a 1341), quien impuso esa religión como oficial en todo el estado. Para profundizar el rompimiento con las viejas costumbres, trasladó la capital, Sarái, a una nueva ubicación, y en poco tiempo se convertiría en una de las mayores metrópolis de la época. Aunque la Horda Dorada alcanzó su máxima extensión al momento de la muerte de Uzbeg, pronto caería en decadencia: el incalculable número de muertes causadas por la peste negra, desatada en la década de 1340, supuso un durísimo golpe para la economía tártara, que se basaba en el cobro de tributos y el comercio intercontinental a través de la Ruta de la Seda. Ante la incapacidad de dar sustento a su numeroso ejército, el imperio se disolvió, fragmentándose en varios kanatos. Para fines del siglo XIV, la gran época de los guerreros nómadas parecía haber llegado a su fin, pues todos los estados sucesores del imperio mongol se encontraban en proceso de desintegración. Fue en este contexto que apareció en escena Tamerlán, un caudillo tártaro cuyo reinado (1370 a 1405) logró poner fin al vacío político de la región. Aunque comenzó como líder de apenas un puñado de saqueadores, su gran pericia bélica le permitió ir ganando poder suficiente como para conquistar y ponerse a la cabeza de la mayor parte del kanato de Chagatai, alrededor de 1370, un hecho que marcó el nacimiento del imperio timúrida (1370 a 1507). Durante las décadas siguientes, Tamerlán conquistó buena parte de Asia Central mediante sus muy sangrientas campañas. En los casos de Delhi y Alepo, por ejemplo, ordenó construir minaretes con los cráneos de soldados que había capturado y decapitado. A pesar de su brutalidad como guerrero en el campo de batalla, Tamerlán supo fomentar activamente el desarrollo de la cultura. Contrató a grandes artesanos de todo el imperio y los llevó a su corte en la capital, Samarcanda. Las artes florecieron durante un periodo que vio nacer nuevas técnicas y tendencias concebidas en el marco de la diversidad creativa que impulsó Tamerlán. En cuanto a la arquitectura, los timúridas perfeccionaron el estilo selyúcida, construyendo cúpulas y exhibiendo patrones geométricos con tejas de color azul y turquesa; el monumento de Gure Amir, mausoleo de Tamerlán, es considerado el epítome de la arquitectura persa-mongola. Si bien el crecimiento cultural se mantendría vigente al morir el fundador, no logró dejar un legado político firme: dado que la unidad del imperio timúrida estaba sostenida por el carisma de Tamerlán y el culto a su persona, todo el territorio cayó presa de una serie de guerras civiles. De este modo, la era de la hegemonía tártara finalmente había terminado.